Capítulo 1

EL VIEJO MARINERO

Mi nombre es Jim Hawkins y quiero contaros la historia de la Isla del Tesoro, la increíble aventura que cambió mi vida para siempre. Todo comenzó en la posada de mi madre, la posada del Almirante Benbow, un lugar tranquilo junto al mar donde los viajeros se detenían a descansar. Pero aquella calma desapareció el día en que un misterioso marino llegó a nuestra puerta.

Era un hombre de aspecto imponente, con la cara cruzada por una cicatriz y un gran cofre que arrastraba tras de sí. Con pasos pesados, entró en la posada y, sin apenas saludar, pidió un vaso de ron con voz ronca y autoritaria. Se presentó como el Capitán y decidió quedarse por un tiempo, pagando su estancia con un puñado de monedas de oro.

Desde el primer día, su comportamiento resultó inquietante. Pasaba horas en los acantilados observando el horizonte con su catalejo, como si esperara la llegada de alguien. Cada vez que volvía a la posada, nos preguntaba si habíamos visto pasar a algún marinero en particular. Un día, me llamó aparte y, con una mirada seria, me pidió que estuviera atento a un hombre con una sola pierna. A cambio, me daría una moneda de plata al mes si le avisaba en cuanto lo viera.

Las noches en la posada se volvieron tensas. El Capitán bebía más de la cuenta y, con el ron calentándole la sangre, comenzaba a contar terribles historias de su vida en el mar. Hablaba de traiciones, de batallas entre barcos y de castigos crueles, como el de obligar a los prisioneros a caminar por una tabla hasta caer al mar.

Un día, la calma se rompió definitivamente. Un hombre de aspecto siniestro, con dos dedos de la mano izquierda amputados, entró en la posada buscando al Capitán. Era Perro Negro, un antiguo compañero de fechorías. Al verlo, el Capitán palideció, pero en seguida recuperó la compostura. Ambos se enfrentaron en una tensa conversación que pronto desembocó en una pelea de espadas. El Capitán, aún con su fuerza intacta, hirió a Perro Negro, que huyó despavorido.

Sin embargo, el esfuerzo fue demasiado para el viejo marinero. Cayó desplomado al suelo, con la respiración entrecortada. Mi madre y yo corrimos a ayudarle, pero él solo pedía una cosa: más ron. Justo en ese momento, el doctor Livesey, que se encontraba en la posada, se acercó a examinarlo. Tras revisarlo, sentenció que el Capitán había sufrido un ataque debido a su abuso del alcohol y que otro episodio similar podría ser fatal.

Pese a la advertencia del doctor, el Capitán siguió con su comportamiento errático. Me tomó confianza y, en una de nuestras conversaciones, me reveló su mayor secreto. Aseguró que su cofre contenía algo que muchos hombres peligrosos buscaban, algo que había pertenecido al temido Capitán Flint. Me advirtió que si volvía a ver a Perro Negro o a un marinero con una sola pierna, debía avisarle de inmediato.

Los días pasaron, pero la amenaza sobre el Capitán se hizo realidad. Una tarde, mientras estaba en la entrada de la posada, vi acercarse a un hombre aún más terrorífico que Perro Negro. Era ciego, pero su sola presencia hacía que el aire se sintiera pesado. Con voz áspera, pidió ayuda para orientarse y, cuando le tendí la mano, me sujetó con una fuerza inhumana. Me obligó a llevarlo hasta el Capitán.

El hombre ciego, a quien llamaban Pew, colocó algo en la mano del Capitán. Cuando este lo miró, su rostro se descompuso de terror. Se trataba de la temida "mancha negra", la señal de sentencia entre los piratas. Tenía seis horas para huir, pero su corazón no resistió el impacto. Murió en ese mismo instante, desplomándose sobre la mesa.

Mi madre y yo comprendimos que debíamos salir de allí cuanto antes. Sin embargo, la curiosidad pudo más que el miedo. Antes de abandonar la posada, subí a la habitación del Capitán y abrí su cofre. Entre varias ropas viejas y algunas monedas, encontré un paquete envuelto en hule. Lo abrí y, para mi asombro, contenía un mapa con una gran cruz roja y una inscripción: "Aquí está el tesoro".

Decidí llevarlo al doctor Livesey, convencido de que él sabría qué hacer. Juntos, nos dirigimos a la casa del magistrado Trelawney y le contamos todo lo ocurrido. Al ver el mapa, sus ojos se iluminaron. Sabía exactamente de qué se trataba: era el mapa del tesoro del legendario Capitán Flint.

Sin perder tiempo, Trelawney tomó la decisión. Organizaríamos una expedición. Se encargaría de fletar un barco en el puerto de Bristol y reunir una tripulación para zarpar en busca del tesoro. Livesey iría como médico de a bordo y yo, Jim Hawkins, me convertiría en grumete.

Así comenzó la mayor aventura de mi vida, una que jamás podría haber imaginado cuando aquel extraño marinero cruzó por primera vez la puerta de nuestra posada.