Capítulo 7

CAPÍTULO 7: EL TESORO PERDIDO

El momento de la verdad había llegado. La expedición se puso en marcha con entusiasmo. Silver caminaba al frente, con su loro posado en el hombro, mientras yo avanzaba a su lado, atado por la cintura como un prisionero. Los piratas, rebosantes de emoción, cargaban picos, palas y provisiones, convencidos de que pronto serían ricos.

Yo, en cambio, me sentía inquieto. Silver era un hombre astuto, capaz de jugar en ambos bandos sin dudarlo si eso le garantizaba su supervivencia. Aún resonaban en mi mente las palabras del doctor, que me había advertido de que algo no estaba del todo claro. Además, el paradero de mis compañeros seguía siendo un misterio.

Avanzamos a través de la vegetación hasta que, de pronto, nos topamos con un hallazgo macabro. Frente a nosotros, en una postura extraña, yacía un esqueleto humano, como si su brazo estuviera señalando en una dirección específica. Silver se detuvo y observó el cráneo blanquecino con un brillo especulativo en los ojos, recordando las historias de la crueldad de Flint, el infame capitán pirata. Sabía que aquel esqueleto era un mensaje: una advertencia o una pista. Para los piratas, sin embargo, era una prueba del horror que nos aguardaba.

A pesar de la tensión, continuamos avanzando, subiendo una colina que ofrecía una vista privilegiada de la isla. Desde la cima, Silver desplegó el mapa y analizó los puntos de referencia, señalando la dirección en la que debíamos dirigirnos. La emoción entre los piratas creció a medida que nos acercábamos al punto donde el tesoro debía estar enterrado. Sin embargo, justo cuando el final del viaje parecía estar al alcance de la mano, un sonido escalofriante surgió de entre los árboles.

Una voz aguda y fantasmal entonó una canción, la misma que habíamos cantado tantas veces en el barco: "Quince hombres sobre el cofre del muerto… ja, ja, ja… ¡y una botella de ron!". Un escalofrío recorrió a la tripulación. Algunos piratas, temblorosos, murmuraron que Flint había regresado de entre los muertos para vengarse. Otros afirmaban haber visto su espectro en la bruma. El miedo se extendió entre ellos como un incendio, y varios quisieron huir.

Silver, sin embargo, se mantuvo firme. Su instinto le decía que aquello no era más que un truco. Con su astucia habitual, mantuvo a los hombres en movimiento, recordándonos que estábamos a punto de alcanzar nuestro objetivo. A regañadientes, continuamos avanzando hasta que finalmente llegamos al claro donde, según el mapa, el tesoro debería estar enterrado. Pero en lugar de un cofre lleno de riquezas, solo encontramos un enorme hoyo vacío.

La realidad cayó sobre nosotros como un balde de agua helada. La decepción se convirtió en furia. Los piratas, que habían soportado hambre, tormentas y peligros incontables, sintieron que les habían arrebatado su recompensa. Uno de ellos, con los ojos encendidos de ira, acusó a Silver de habernos engañado. Convencidos de que el viejo lobo de mar había sabido desde el principio que el tesoro no estaba allí, se abalanzaron sobre él con intenciones asesinas.

Pero antes de que pudieran atacarlo, un disparo rompió el silencio del bosque. Luego otro, y otro más. Dos piratas cayeron al suelo antes de que los demás pudieran reaccionar. Enseguida, el grupo se dispersó, huyendo despavoridos. Desde la espesura surgieron el doctor Livesey, Ben Gunn y mis compañeros, con las armas todavía humeantes.

Silver, recuperando el aliento tras el caos, se giró con su característica sonrisa burlona, mirando a los recién llegados con cierta resignación. Sabía que el juego había cambiado de manos.

Entonces sus ojos se posaron en Ben Gunn, que lo observaba con una mezcla de satisfacción y diversión. Silver negó con la cabeza y soltó una risa seca. —Y pensar que fuiste tú quien me llevó a la ruina…

Ben Gunn no dijo nada, pero en su rostro se dibujaba una expresión de triunfo. Silver comprendió que, esta vez, la suerte no estaba de su lado. El destino de todos estaba a punto de decidirse.